Granada, una ciudad asfixiada por su propio éxito turístico, se prepara para un nuevo capítulo en la reordenación de su tráfico. Pero detrás de los comunicados oficiales sobre la mejora de la circulación se esconde una decisión que, una vez más, beneficia a los intereses del turismo de masas a costa del sector profesional local. La última víctima de esta política es el sector del taxi granadino, que ve cómo sus paradas tradicionales son sacrificadas para dar paso a un tren turístico.
El actual gobierno municipal del Ayuntamiento de Granada ha decidido que el tren turístico, cambie su recorrido para evitar el Albaicín, hará una de sus paradas en plena Plaza Nueva. Para hacerlo, ha optado por una solución chapuza y que en realidad es un golpe bajo al gremio del taxi: el tren ocupará la mitad de la actual parada de taxis. A cambio, al colectivo de taxistas se les ofrece el espacio que el tren turístico deja libre, justo enfrente. Un intercambio que no solo rompe la unidad de la parada, sino que la fragmenta en dos tramos.
El argumento oficial para justificar este cambio es, como siempre, el «bien común». Sin embargo, las alternativas que el propio gremio de taxistas ha propuesto demuestran la falta de voluntad para encontrar una solución equitativa. Propuestas como mover la parada del tren a un espacio menos conflictivo, como donde se ubican los microbuses, o incluso a la Plaza Isabel la católica, han sido rechazadas por los técnicos municipales. Los motivos, supuestamente «técnicos y legales», carecen de credibilidad cuando la única solución viable es la que perjudica a quien trabaja conduciendo un taxi.
Es un patrón que se repite. En la avenida de Madrid, en San Isidro, y ahora en Plaza Nueva. El gobierno municipal del Ayuntamiento de Granada tiene una política clara: priorizar el turismo desbocado, masivo, que solo beneficia a unos pocos, por encima de todo. No importan los inconvenientes, las pérdidas de espacios o el desprecio a un servicio público esencial para las personas residentes y el propio tejido social y productivo de la ciudad, además, de dejar todo el gravamen (limpieza, sanidad, seguridad…) de ese modelo sobre la población granadina. El turismo así concebido, tiene su tren de fantasía y debe tener un camino despejado, aunque eso signifique desmantelar la infraestructura que los granadinos y sus profesionales han utilizado durante décadas.
Este no es solo un cambio en la señalización de una calle. Es un símbolo de una ciudad que, arrastrada por la inercia de un turismo sin control, está perdiendo su alma. Los y las taxistas, que han intentado dialogar y proponer soluciones, se encuentran ahora ante un hecho consumado, una decisión que, como tantas otras, se les comunica cuando ya es imposible revertirla.
El mensaje del gobierno municipal es claro: en la Granada del turismo que defiende, el taxi y las personas residentes son solo piezas de un tablero que el statu quo mueve a favor del visitante ocasional, sin importarle el taxi y el servicio público que presta. La pregunta que queda en el aire es: ¿hasta cuándo estaremos dispuestos a pagar el precio de este «progreso» destructivo?, cuando su principal logro es que está vaciando la ciudad de su propia identidad.